La lógica de lo improbable



8.30. Empieza puntual la clase de Matemáticas del grado once (primero de bachillerato), a cargo de un joven profesor, Erkan Demir, quien anteayer llevaba una camiseta del Fenerbace, el gran rival futbolístico del Galatasaray (los dos grandes equipos de Turquía). Pero no es el profesor el primero que interviene, sino una alumna: la encargada de preparar la lección. Enciende la pantalla y localiza el contenido en la versión digital del libro de texto. Y lo deja todo dispuesto para la exposición del profesor. Algún alumno llega tarde, pero no hay interrupción ni regañina. La relación entre profesores y alumnos es sumamente cordial aquí. 

Los alumnos son disciplinados. En todas las clases se sientan individualmente. Muchos visten una camiseta roja diseñada por el centro, que no es obligatoria. Pero no se ven calzonas. Ni chanclas. Pese a que ayer hacía bastante calor. Me pregunto si tanto decoro guardará relación con mi presencia. El retrato de Mustafá Kemal Ataturk, el padre de Turquía, presente en todas las dependencias, me observa. 

La clase versa sobre el cálculo de probabilidades. El profesor hace referencia a Adam Fawer y su libro Improbable, que no es ningún tratado matemático, sino una novela sobre el azar, el destino y los números. No obstante, por lo que he visto y oído no es probable, aquí tampoco, que los estudiantes la lean. Tras una breve exposición, los alumnos disponen de algún tiempo para leer los enunciados de los ejercicios de un test en un material extraíble del libro de texto. En la prueba de acceso a la universidad también se encontrarán con test.  Después, el profesor es quien los resuelve interpelando continuamente a los alumnos. No pierde ni un minuto. Son solo cuarenta, aunque tras el descanso de veinte, seguirán con la misma clase. Cuando suena la musiquilla, los alumnos no se levantan, el profesor aún no ha terminado de aclarar una respuesta. Lo hacen tranquilamente cuando acaba. 

La sala de profesores


La sala de profesores del Gazi Emet Anadolu Lisesi me produce admiración. Es amplia, luminosa, con grandes vistas (la ciudad es muy serrana). Dispone de una gran mesa ovalada con asientos  cómodos, de armarios que usan como taquillas, una pantalla digital, una pizarra, un solo ordenador, una impresora y dos áreas de descanso con sofás. Este es el punto de encuentro, sobre todo, de las profesoras, que se reúnen para departir y tomar el cay (pronúnciese [chái]) un te rojizo, al que me voy acostumbrando. Me he sentado con ellas varias veces, durante los descansos, para responder a preguntas sobre inspectores, salarios, jubilaciones, sanciones, viajes personales, etc.  

Sus horarios son bastante flexibles. Los profesores no tienen que acudir diariamente al centro, algunos lo hacen solo tres días a la semana, aunque pueden asumir extras remunerados o voluntarios, que los obligan, por ejemplo, a ocuparse de la residencia de estudiantes, que ocupa un ala del edificio. Como profesores de guardia velan por que coman bien, estudien dos horas por la tarde y apaguen el móvil cuando llegue la hora de dormir. Esos profes también duermen en la residencia.  

El trato que recibo es estupendo. Continuamente me invitan a tomar té, a almorzar en el comedor o, como anoche, a jugar al voleibol. Para hoy me tienen preparada una excusión a Kutahya, la capital de la provincia, y un baño turco. Cuando les dije que el gimnasio al que voy en Cádiz dispone de uno, no me creían, aunque el nuestro no se parece en nada a los suyos.

Recepción amistosa del gobernador

Ayer, además, acudimos a una recepción del gobernador de la región. Según me dijo, tenía ganas de conocer al español que estaba visitando Emet. Él estudió algún tiempo en Madrid y de hecho buena parte de nuestra entrevista transcurrió en español. Me acompañaron el director del instituto y mi mentor aquí, Mehmet Minaz. El gobernador se mostró simpático y curioso de los entresijos de nuestro intercambio escolar. 

Después del almuerzo, tres profesores y yo con un grupo de alumnos hicimos un excursión vespertina, que incluyó una tentativa de escalada a los restos de un antiguo castillo romano, del que no queda mucho, un cañón, un río y el homenaje a una especie de mausoleo de los mártires de la guerra de principios del siglo XX contra los griegos. Fue una jornada feliz, pero agotadora que no acabó hasta las nueve de la noche. 



   


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