Mi segundo día empieza con una clase de Educación Física. La única chica que no participa es Asiye. Sufre una pérdida de la visión casi total. A su lado está Garip su perro guía. Asiye no participa en las clases de Educación Física ni en las de Historia del Arte. Sí lo hace en las demás ayudándose del método Braille. Y no lo duda, quiere ser profesora de Historia. El inglés no es su fuerte. Aparte de que es tímida, como a la gran mayoría de los alumnos de aquí (y como a los nuestros), le cuesta mucho expresarse en una lengua tan distinta a la suya, pero al menos logro saber que se siente bien en el centro, que sus compañeros la ayudan y que acude diariamente acompañada por Garip. Ni siquiera necesita un bastón. Existen escuelas especializadas, pero no están cerca, ni su familia se las puede permitir.
Los alumnos del grado once, nuestro primero de bachillerato, realizan una actividad diseñada por el profesor Recep Cetin, quien procura evitar deportes como el fútbol o el baloncesto, que no resultan atractivos para todos los alumnos. Los dos capitanes eligen a los miembros de sus equipos. La gran mayoría demuestra un gran entusiasmo por la actividad, que va enfrentando a los dos rivales por parejas: se trata de colocar lo más rápidamente posible una serie de conos porque eso te da derecho a lanzarle el balón al otro para golpearlo. Si acierta, su equipo obtiene un punto y les toca el turno a otros dos. El que antes suma diez puntos, gana.
La clase acaba 40 minutos después. Y, a continuación, llega el primer recreo, que dura veinte. Por gentileza del profe de Educación Física nos sirven café turco, en el patio, bajo una marquesina. Los profes hablamos de nuestra cosas y Asiye parece ensimismada. Terminado el descanso, continúa la clase de Educación Física, con el mismo profe y el mismo grupo. Otros cuarenta minutos, que dedican a una actividad similar a la anterior, pero más exigente, pues te obliga a ir recogiendo conos a toda prisa mientras no te den un balonazo. Me invitan a jugar y lo hago muy dispuesto, los alumnos me jalean y aunque sobrevivo un par de minutos, cuando por fin me dan, recupero el aliento y sigo con el café turco.
Reparto de tareas

Accedo después al edificio del instituto, compruebo que los alumnos cooperadores siguen en sus puestos. Ya contaba ayer que dos ellos se pasan toda la jornada sentados, bien en el recibidor o bien en un pasillo de la primera planta, anotando quién entra o quién sale del centro o asistiendo al equipo directivo en otras cuestiones. Pero no son ellos los únicos que asumen responsabilidades extras, al margen de sus estudios. Al comienzo del curso se les invita a integrarse en los diversos clubs. Por ejemplo, uno de estos clubs gestiona la biblioteca, supervisados por un profesor; otros asumen tareas en la residencia; otros, los que mejor dibujan, se aplican cuando se les requiere para preparar carteles; otros participan en tareas de conservación de la naturaleza y, al menos una vez por semana, recogen latas y demás alrededor del edificio. Algunos colaboran con el Creciente Rojo (el equivalente a nuestra Cruz Roja), concienciando a sus compañeros para que donen sangre cuando se les requiera.
Cuando les pregunté cuál es la compensación que obtienen los alumnos, sus profes me explicaron que el cumplimiento o el incumplimiento de las tareas asignadas les supone un punto arriba o un punto abajo en su calificación final. La idea es que aprendan a asumir responsabilidades y que se sientan copartícipes del buen funcionamiento del centro y de la sociedad en la que viven. Por último, no quiero olvidarme en este apartado del grupo que se encarga de presentar el instituto a los alumnos de otros centros que ingresarán en él. Es decir que, aquí, nuestro
programa de tránsito es, en parte, competencia de los estudiantes.
Uno de los alumnos con mejor disposición para colaborar con el profesorado es, sin dudas, Ismail, que visitó Cádiz, donde se compró la camiseta con la que me ha recibido aquí.
Al Andalus en la clase de Historia
Asisto después a una clase de Historia, impartida por el profesor Kaychan Encim, quien, cuando yo entro, conmina a sus alumnos a levantarse y saludarme. Ocupo un sitio al final del aula. Aquí todas las clases tienen su pizarra digital. Apoyándose en una larga relación de fotografías, entre las que veo pasar nuestra Alhambra y la Torre del Oro, Kaychan explica sobre los abasidas, la dinastía que acabó con los Omeya, dueños de Al-Ándalus hasta el siglo VIII. Accedo a algunos de los contenidos con el traductor de Google, al tiempo que observo a los estudiantes y me sorprendo de su atención y del respeto que demuestran hacia el profesor: ninguno interrumpe y cuando aquel, veinte minutos después, les pide que tomen apuntes, lo hacen al dictado del profesor. Son alumnos del noveno grado, es decir, de nuestro tercero de ESO. Me parecen muy responsables y que tienen muy claro que es lo que se espera de ellos.
Por otra parte, Al-Ándalus es una cuestión recurrente aquí. Ya me han preguntado varias veces por las huellas que conservamos, por ejemplo, ¿bibliotecas del califato?, a lo cual me limito a responderles lo que sé: quizás haya quedado algo en Córdoba o Granada, aunque no lo creo. El tiempo puede con todo. El viernes, por cierto, me toca a mí contarles sobre Cádiz.
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